domingo, 15 de julio de 2012

La cara más dura de las mujeres quemadas en el país


Laura Sánchez, Romina Olivera y Carolina Morales fueron atacadas por sus parejas. Por primera vez, cuentan el calvario del día después.

Romina Olivera está recostada sobre la cama de la clínica del Buen Pastor. Ahora sonríe y hace zapping, pero después aprovechará para descansar un rato más. Ella es una de las treinta mujeres que este año fue prendida fuego por su pareja, una preocupante modalidad que se inició con el caso Wanda Taddei pero que parece no tener freno.
Romina está envuelta en vendas que la cubren del cuello a la cintura. Tiene el 50 por ciento de su cuerpo quemado. Es frágil. Bajó unos 23 kilos en tres meses y por la pérdida de peso y de masa muscular no le prenden los injertos y su alta se retrasa.
“Mis manos ya recuperaron su color”, se ilusiona. Un marrón claro cubre sus dedos y un poco más oscuro es el antebrazo. El resto es un rojo intenso, fuego. “Vamos despacio porque soy miedosa pero me veo distinta a cuando ingresé. Estoy mejor”, le cuenta a PERFIL.
El 24 de marzo pasado Romina se acostó con sus dos hijas. Ya era tarde. “A la madrugada viene borracho Marcos (Cortéz), del que estaba separada hace un mes, y golpea fuerte la puerta. Yo lo escuchaba, le pedía que se vaya, pero insistía”, recuerda. Le abrió y comenzaron a pelear. Marcos la agarró de su largo pelo y la arrastró a la cocina para rociarla con alcohol. “Las nenas se acercaron a la puerta y miraban. El amenazó con quemarnos a las tres. Maia, de 6 años, alzó a la beba y fue a pedir ayuda. En un segundo estaba ardiendo toda, era una bola de fuego. Tenía el pelo largo y se me pegó en la espalda. Empecé a gritar, él atinó a ayudarme, pero se asustó y salió corriendo”, recuerda sin dejar de llorar. Romina se apagó con una sábana. Su hija Maia acompañaba el movimiento con una toalla húmeda. Desde hace tres meses está internada, y con vaivenes anímicos lucha por salir.
Según datos de la ONG Casa del Encuentro, 30 mujeres fueron prendidas fuego en lo que va del 2012, de las cuales 12 perdieron la vida.
Alcohol y fuego. Laura Sanchez, de 30 años, conforma la lista de las 18 que “pueden contarla”, como ella lo define. “Mi pareja, Cristian Mars, me dijo que me iba a prender fuego porque estaba de moda”, destaca. Y así lo hizo. El 12 de junio, Mars se enojó porque Laura se negó a acompañarlo a un almuerzo: “Agarró el alcohol y mojó mi ropa que amenazaba con incendiar. Pero después me dijo que me iba a matar y me tiró a mí”, relata. Terminó con el 20 por ciento del cuerpo quemado: la cara, el cuello y el pecho. “Corrí hasta la canilla de adelante de mi casa y no había agua. Fui a la del fondo, y tampoco. Al final me tiré un balde que había ahí. Esa desesperación de correr para intentar apagarte es inolvidable como la primera vez que me miré al espejo, que no podía dejar de llorar”, cuenta. “Los médicos dicen que me puede quedar una marca en la cara, pero hoy me importa estar viva y poder contarla”, agradece.
Carolina Morales estaba embarazada de casi seis meses cuando su pareja, Marcelo Lucero la prendió fuego. El hijo de ambos, Martiniano de un año y medio, fue el único testigo.
Todo comenzó el 17 de octubre pasado en La Rioja cuando Carolina y Lucero discutían. “Me prendió fuego con alcohol. Yo corría y le pedía ayuda, pero no hacía nada. Me apagué con agua del baño”, recuerda. Una ambulancia la llevó al hospital Vera Barros donde Carolina habló de un accidente. “El venía con nuestro hijo a verme y me amenazaba. Tenía mucho miedo”, cuenta. Unos días después se quebró y le contó la verdad a una enfermera. Lucero quedó detenido.
“Como la vida del bebé que llevaba en la panza no corría peligro decidieron hacer cumplir el período de gestación”, cuenta Carolina a PERFIL. Durante cuatro meses soportó el crecimiento de su vientre, donde se concentraban las quemaduras, y el doloroso estiramiento de la piel. “Fue terrible, un dolor insoportable”, prefiere olvidar. El 2 de febrero pasado nació por cesárea Casiano.
Por falta de recursos económicos, Carolina hace el tratamiento de rehabilitación en su propio baño. “Dejo correr del agua de la ducha y me hago una especie de baño con el vapor. Hago ejercicios para que la piel gane elasticidad”, detalla. El ejercicio, que repite todos las semanas, le trae a la memoria el recuerdo de su peor día: “La imagen del fuego envolviéndome no me lo voy a olvidar más”.

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