lunes, 23 de septiembre de 2013
La inundación en el Hospital Español
martes, 3 de septiembre de 2013
"Vos vendé lo que sea", exigía el falso pastor a Sonia Molina
Femicidio: cinco chicos se quedan sin su mamá cada semana
Rodrigo es hijo de Paula González, la joven embarazada de 21 años que murió el 22 de junio pasado en la ciudad de La Plata por las graves quemaduras que sufrió durante una discusión que mantuvo con su pareja. Pero además es uno de los 161 chicos que quedaron huérfanos en los primeros seis meses del año, víctimas del femicidio.
El dato surge de un relevamiento realizado por la ONG La Casa del Encuentro, al que tuvo acceso PERFIL. De la totalidad de los casos reportados sobresale que más de la mitad de los casos (95) son menores de 18 años.
“Notamos el año pasado que no había un registro de niños, a lo que nosotros calificamos ‘víctimas colaterales’, que a partir de la muerte de sus madres quedan desprotegidos. En la mayoría de los casos esos chicos terminan siendo criados por los homicidas de sus madres”, explica a este diario Ada Beatriz Rico, directora del Observatorio de Femicidios en la Argentina.
“Mi papá Dani prendió fuego a mi mamá”, repite una y otra vez Rodrigo, el más grande de los tres hijos de Paula González, de 21 años. Nazareno, de tres, y Mia de 18 meses son muy chiquitos para entender. “No quiero ver a mi papá, porque no está mi mamá. Yo vi cuando la quemó, y cuando a mi mamá se le caía la piel”, recuerda el nene, según cuenta a PERFIL Débora, una de las hermanas de Paula.
La chica estuvo agonizando ocho días en el Policlínico San Martín de la ciudad de La Plata. Allí llegó con un embarazo de siete meses y el setenta por ciento de su cuerpo quemado. Pero no resistió. El 22 de junio pasado falleció a raíz de las gravísimas lesiones que había sufrido. Los nenes quedaron al cuidado de sus tías.
“Mi casa parece una guardería pero nos arreglamos. Todos los días tengo la sensación de que los estoy cuidando un rato y que Paula los va a venir a buscar”, se lamenta Débora. “Nosotras no vamos a permitir que ellos vuelvan con su padre, porque cómo los va a criar si ni siquiera llevan su apellido. Mis sobrinos no van a crecer con una persona así, queremos que estudien y sean personas de bien”, reflexiona Patricia, otra de las hermanas de la víctima.
El caso de la chica decapitada. Solange Aguirre tenía 22 años. Estuvo desaparecida cuatro días. El domingo 9 de septiembre pasado su cuerpo fue encontrado decapitado en la provincia de Entre Ríos. Su pareja, Alejandro Reynoso, que en un primer momento había negado cualquier vinculación con el caso, terminó confesando el crimen para despegar a su hijo, también detenido por el caso.
“Solange dejó dos hijos, Agustín, de 5 años, y Lara, de dos. La nena todavía no entiende qué es lo que pasó, pero Agus sí. El nos vio llorar y nos acompañó a las marchas que hacíamos cuando ella estaba desaparecida”, describe Graciela, la mamá. “Agus pregunta por su mamá, pero todavía no pudimos decirle que ya no está. Sabemos que tenemos que decirle la verdad, así él deja de esperarla, pero todavía no tenemos la fuerza para hacerlo”, completa Vanesa, tía de los nenes.
“La Negra se fue”. Ese fue el mensaje que recibió Alejandra Pereyra, mamá de Mariana, el pasado 14 de marzo. Patrulleros rodeaban la casa en la que vivía la joven de 20 años, junto a su pareja, Gabriel Maldonado, y sus tres hijos: Bautista (5), Lautaro (3) y Aimara (diez meses), en el barrio platense de Villa Elvira. “Pensé que iba a encontrarla, una vez más, toda golpeada, lastimada, pero viva”, recuerda Alejandra. Pero no fue así: estaba ahorcada.
“Mi hija no hubiese tomado esa decisión delante de sus hijos, estoy segura de que fue él. Se investiga si la instó a que lo hiciera”, destaca. El acusado está detenido, y a seis meses la muerte de la chica se investiga si se trató de un suicidio o un homicidio. “Bautista me cuenta que fue Maldonado. Con sus pocas palabras me dice que él la mató y señala la viga”, cuenta la mujer. “Ese mismo día se subió a una sillita para intentar sostener a su mamá. El le tenía mucho miedo a Maldonado, y siempre que Mariana era golpeada él se escondía debajo de la mesa”.
Publicado diario Perfil.
El tirador salteño actuó influenciado por la masacre de Denver
Psicópata argentino. James Holmes se tiñó de rojo y se colocó la careta del Guasón, uno de los villanos más famosos de las sagas de Batman. Federico también cambió su cabello a colorado pero además “tenía las cejas arqueadas y pintadas como el Guasón”, según aseguraron fuentes policiales. Holmes hizo humo y disparó. Federico, en cambio, no pudo terminar con su plan.
En octubre de 2011, Walter L., de 17 años, fue condenado por el homicidio de Francisco Ida. Pese a que el menor insiste con su inocencia, se ganó el apodo de “Tirador de Morón” luego de ser detenido. El hecho ocurrió el 31 de octubre de 2010, cuando una persona disparó desde un auto blanco. Los proyectiles impactaron en Ida e hirieron a Carlos Moyano.
lunes, 3 de septiembre de 2012
Caminó más de 200 kilómetros con su secuestrador
domingo, 15 de julio de 2012
La cara más dura de las mujeres quemadas en el país
“Mis manos ya recuperaron su color”, se ilusiona. Un marrón claro cubre sus dedos y un poco más oscuro es el antebrazo. El resto es un rojo intenso, fuego. “Vamos despacio porque soy miedosa pero me veo distinta a cuando ingresé. Estoy mejor”, le cuenta a PERFIL.
Según datos de la ONG Casa del Encuentro, 30 mujeres fueron prendidas fuego en lo que va del 2012, de las cuales 12 perdieron la vida.
Todo comenzó el 17 de octubre pasado en La Rioja cuando Carolina y Lucero discutían. “Me prendió fuego con alcohol. Yo corría y le pedía ayuda, pero no hacía nada. Me apagué con agua del baño”, recuerda. Una ambulancia la llevó al hospital Vera Barros donde Carolina habló de un accidente. “El venía con nuestro hijo a verme y me amenazaba. Tenía mucho miedo”, cuenta. Unos días después se quebró y le contó la verdad a una enfermera. Lucero quedó detenido.
lunes, 17 de octubre de 2011
Sin Sol
Café, masitas, jugo, té, facturas, pasta frola. Una mesa larga, prolija, y un hotel porteño imponente. Solo una familia de las víctimas fatales por vez. En horarios escalonados. Cuando una se va, la otra ingresa. Un grupo de profesionales los contiene, los escucha, les dan abrazos y les informan el paso a paso para enterrar a ese ser querido que perdieron hace 76 días. Los trabajos para identificar las partes de cuerpos fueron “minuciosos” y requirió de tiempo para catalogarlos.
“Nosotros lo esperábamos. Justo él, minutos antes del accidente, hizo un puntito en Comodoro y un avión sin alas”, recuerda ella. Más tarde la televisión le daba la triste noticia. Su hijo, el ejemplar, el que logró “ser” alguien en la vida ya no iba a estar más. Las psicólogas, arregladas, pintadas y muy atentas (hasta asfixiarte) la animaban.
“Mirá como a pesar del dolor, comen y ‘disfrutan’ de tomar en esas tazas. Jamás estuvieron en un lugar así”, analizaba el defensor. La familia de clase media terminaba el primer punto del camino diseñado hasta el cementerio para que le lleven una flor y le den “cristiana sepultura”.
“Ahora van a ir hasta la morgue judicial, se van a reunir con el director y podrán sepultarlo”, explica amablemente a la familia. Al que toma la decisión, lo llaman aparte: “es una bolsa cerrada, que si lo desea puede ver su contenido, sino, y confía que lo que hay allí se trata de la víctima se pone en el cobre y se lo entrega”. Uno puede entrar a ver el polvo, ese pedacito de algo que haya quedado. El hombre mayor quiere, pero no lo dejan. Resignación. Se sienta, agarra el celular y le muestra uno a uno la última foto que se sacó con él.
Tercera parada: el cementario para firmar papeles. Todavía falta para el final. Más recuerdos, más historias repetidas para quien quiera escucharla. Sol, viento, cigarrillos. Ansiedad.
Después de las 13, se suben al auto rumbo al cementerio municipal de su localidad. Flores, pañuelos, llantos. Sepultura de un cuerpo, y de un caso.
martes, 11 de enero de 2011
La masacre silenciada
En octubre de 1947, los pilagás fueron rodeados por persoal de Gendarmería Nacional con la excusa de que se estaba por “levantar una indiada” y debían protegerlos. La etnia pilagá los recibió con un unánime reclamo: atención médica y comida, porque la hambruna los estaba llevando a la muerte. La respuesta fueron balas y la sepultura del genocidio durante 58 años, donde se estima que murieron más de 700 integrantes de la tribu.
El hambre obligaba a los pilagás a caminar kilómetros de Formosa a Salta para trabajar en ingenios azucareros como mano de obra barata, y los grandes productores se aprovechaban de esa situación. Pero sus rituales musicales nocturnos en homenaje a los integrantes de su comunidad que iban muriendo por las malas condiciones de alimentación y sanitarias comenzaron a molestar a los vecinos, tanto del pueblo como a la Gendarmería.
miércoles, 9 de junio de 2010
CUANDO LA TIERRA ENTRA EN ERUPCIÓN
La naturaleza está respondiendo al mal uso de sus recursos en manos de la humanidad, como corresponde: con furia. Terremotos, tsunamis, tornados y aludes son su forma de protesta. Norma vivió de cerca, hace años atrás, una de estas circunstancias cuando conoció la furia del volcán Villarrica en Chile.
Contemporáneo y oportuno es el relato de Norma, debido a las catástrofes naturales que han sacudido la tierra de nuestro país vecino y también la nuestra, pero en réplicas más leves. La historia comienza cuando viajó a Chile en 1948 para realizar una excursión de placer junto a su hermana y su prima, para conocer el sur de América de ambos lados de la cordillera de los Andes. Pero volvieron con algo más que buenos recuerdos e imágenes de lugares majestuosos. Debieron escapar del lujoso hotel en el que se hospedaban, para no ser víctimas de la erupción del volcán más activo del país. “Veíamos bajar la lava por la ladera y a mucha gente corriendo. Le dijimos al chofer del micro que parara para que pudieran subir al vehículo, pero se negó”. Las crónicas del momento revelaron que hubo más de 50 muertos.
La Cordillera de los Andes, con sus 7.500 kilómetros, constituye una de las cadena montañosas más extensas del planeta. Tanto del lado argentino como el chileno, el sur de esta cadena se caracteriza por ser delgada y cuenta con una importante actividad volcánica que se inició en el período cuaternario (el último de los grandes períodos geológicos) y continúa hasta la actualidad. El tramo central de la cordillera se caracteriza por tener una actividad sísmica recurrente, mientras que la zona norte es una conjunción de estos dos fenómenos naturales.
(revista Contá y Ganá Nº 11)
viernes, 4 de junio de 2010
Ser mujer en Siria
Nourah nació en Siria, un país con costumbres distantes a la liberación femenina de occidente, tanto en la vida pública como en la íntima. Su padre la vendió a un árabe que la trajo a la Argentina. Después de ser golpeada durante años, abandonó su hogar con sus hijas y reconstruyó su vida. Creyó que aquí las leyes y derechos la ampararían, sin embargo le sacaron sus hijas y aun lucha por recuperarlas.
Siria es un país árabe de Medio Oriente, ubicado a orillas del mar Mediterráneo. Limita con Israel, Líbano, Jordania, Irak y Turquía. Para realizar un paralelismo con Argentina, cuenta con una superficie algo inferior a la provincia de Río Negro, pero con una población similar a la de Buenos Aires.
Nourah nació en un pequeño pueblo agricultor del oeste de Siria. Fue la antepenúltima hija de siete hermanos, de los cuales únicamente dos fueron mujeres. Tarea algo difícil en esas tierras, ya que son tratadas como objetos de la posesión de los hombres de la familia. Su padre fue muy severo con ella y con su madre. Agachar la cabeza y obedecer eran las únicas leyes que regían bajo ese techo.
(Revista Contá y Ganá Nº 10)