martes, 3 de septiembre de 2013

Femicidio: cinco chicos se quedan sin su mamá cada semana

“Para el cumpleaños me pidió una foto de su mamá para ponerla en la mesita de luz y darle un beso todas las noches”. A los seis años, Rodrigo perdió a su mamá, y su papá está siendo investigado por el supuesto homicidio.

Rodrigo es hijo de Paula González, la joven embarazada de 21 años que murió el 22 de junio pasado en la ciudad de La Plata por las graves quemaduras que sufrió durante una discusión que mantuvo con su pareja. Pero además es uno de los 161 chicos que quedaron huérfanos en los primeros seis meses del año, víctimas del femicidio.

El dato surge de un relevamiento realizado por la ONG La Casa del Encuentro, al que tuvo acceso PERFIL. De la totalidad de los casos reportados sobresale que más de la mitad de los casos (95) son menores de 18 años.

“Notamos el año pasado que no había un registro de niños, a lo que nosotros calificamos ‘víctimas colaterales’, que a partir de la muerte de sus madres quedan desprotegidos. En la mayoría de los casos esos chicos terminan siendo criados por los homicidas de sus madres”, explica a este diario Ada Beatriz Rico, directora del Observatorio de Femicidios en la Argentina.

“Mi papá Dani prendió fuego a mi mamá”, repite una y otra vez Rodrigo, el más grande de los tres hijos de Paula González, de 21 años. Nazareno, de tres, y Mia de 18 meses son muy chiquitos para entender. “No quiero ver a mi papá, porque no está mi mamá. Yo vi cuando la quemó, y cuando a mi mamá se le caía la piel”, recuerda el nene, según cuenta a PERFIL Débora, una de las hermanas de Paula.

La chica estuvo agonizando ocho días en el Policlínico San Martín de la ciudad de La Plata. Allí llegó con un embarazo de siete meses y el setenta por ciento de su cuerpo quemado. Pero no resistió. El 22 de junio pasado falleció a raíz de las gravísimas lesiones que había sufrido. Los nenes quedaron al cuidado de sus tías.

“Mi casa parece una guardería pero nos arreglamos. Todos los días tengo la sensación de que los estoy cuidando un rato y que Paula los va a venir a buscar”, se lamenta Débora. “Nosotras no vamos a permitir que ellos vuelvan con su padre, porque cómo los va a criar si ni siquiera llevan su apellido. Mis sobrinos no van a crecer con una persona así, queremos que estudien y sean personas de bien”, reflexiona Patricia, otra de las hermanas de la víctima.

El caso de la chica decapitada. Solange Aguirre tenía 22 años. Estuvo desaparecida cuatro días. El domingo 9 de septiembre pasado su cuerpo fue encontrado decapitado en la provincia de Entre Ríos. Su pareja, Alejandro Reynoso, que en un primer momento había negado cualquier vinculación con el caso, terminó confesando el crimen para despegar a su hijo, también detenido por el caso.

“Solange dejó dos hijos, Agustín, de 5 años, y Lara, de dos. La nena todavía no entiende qué es lo que pasó, pero Agus sí. El nos vio llorar y nos acompañó a las marchas que hacíamos cuando ella estaba desaparecida”, describe Graciela, la mamá. “Agus pregunta por su mamá, pero todavía no pudimos decirle que ya no está. Sabemos que tenemos que decirle la verdad, así él deja de esperarla, pero todavía no tenemos la fuerza para hacerlo”, completa Vanesa, tía de los nenes.

“La Negra se fue”. Ese fue el mensaje que recibió Alejandra Pereyra, mamá de Mariana, el pasado 14 de marzo. Patrulleros rodeaban la casa en la que vivía la joven de 20 años, junto a su pareja, Gabriel Maldonado, y sus tres hijos: Bautista (5), Lautaro (3) y Aimara (diez meses), en el barrio platense de Villa Elvira. “Pensé que iba a encontrarla, una vez más, toda golpeada, lastimada, pero viva”, recuerda Alejandra. Pero no fue así: estaba ahorcada.

“Mi hija no hubiese tomado esa decisión delante de sus hijos, estoy segura de que fue él. Se investiga si la instó a que lo hiciera”, destaca. El acusado está detenido, y a seis meses la muerte de la chica se investiga si se trató de un suicidio o un homicidio. “Bautista me cuenta que fue Maldonado. Con sus pocas palabras me dice que él la mató y señala la viga”, cuenta la mujer. “Ese mismo día se subió a una sillita para intentar sostener a su mamá. El le tenía mucho miedo a Maldonado, y siempre que Mariana era golpeada él se escondía debajo de la mesa”.

Publicado diario Perfil.

El tirador salteño actuó influenciado por la masacre de Denver

Lo primero que hizo fue tirar una lata de gas. Y enseguida empezó a disparar. Las personas que asistían al estreno mundial de la última saga de Batman, en Denver, Estados Unidos, pensaron que todo eso era parte del show. Pero no. Esa noche James Holmes se ganó un lugar de privilegio en la galería del terror norteamericana: mató a doce personas e hirió a unas sesenta.
Federico Pacheco, un  joven salteño de 18 años, siguió de cerca el caso y con el tiempo se convenció de que él podría hacer lo mismo en la ciudad de Orán. Según los investigadores, la masacre del pasado 20 de julio actuó como disparador en el ataque que llevó a cabo el último jueves, y en el que baleó a un policía. “Pacheco contó que veía mucha televisión y navegaba por internet. Lo que pasó en el cine y otros casos que son más frecuentes allá lo inspiraron”, reconoció a PERFIL un vocero vinculado a la causa.
Según pudieron reconstruir los investigadores, el tirador le compró el rifle a Ismael Cadil, un presunto traficante de armas, quien además le vendió dos cargadores con veinte cartuchos y una caja con cincuenta proyectiles.
Federico tenía como objetivo “convertirse en el asesino más notable de Argentina”. Y para ello entendió que la fiesta patronal de Colonia Santa Rosa reunía las condiciones para llevar adelante su plan.  Es que allí se iba a reunir mucha gente. Se esperaba a más de 1.500 personas.  

Psicópata argentino. James Holmes se tiñó de rojo y se colocó la careta del Guasón, uno de los villanos más famosos de las sagas de Batman. Federico también cambió su cabello a colorado pero además “tenía las cejas arqueadas y pintadas como el Guasón”, según aseguraron fuentes policiales. Holmes hizo humo y disparó. Federico, en cambio, no pudo terminar con su plan.
Se vistió de negro, abrió la funda de una guitarra y guardó prolijamente el rifle con las municiones. A las 11.30 de ese jueves festivo ingresó al predio de la Municipalidad de Colonia, subió al edificio y buscó el mejor lugar para tener en la mira a los grupos de jóvenes que se preparaban para desfilar. Sacó el arma y disparó, pero las balas no salieron. “¿Qué haces?”, gritó el comisario Luis Aberaztain, que se encontraba en el lugar con su esposa.
Aberaztain se le abalanzó y recibió un balazo. Se quedó con el rifle entre sus manos y se desmayó. Federico corrió pero fue atrapado por otro policía. El juez Oscar Blanco dispuso su detención. “Pidió perdón por haber lastimado al comisario, porque él quería matar a los jóvenes”, describe a PERFIL el jefe policial de Salta, Marcelo Lami. “Quería vengarse de todos los que se burlaron de él”, explica.
Inés Marquiegui llora y no entiende lo que le pasó a su hijo. “A las 11 me fui de casa y desperté a Federico para preguntarle si iría al desfile. Me contestó que tomaría el desayuno e iría”, le cuenta la mujer al diario El Tribuno. Más tarde, un hermano de la mujer la llamó para contarle que Federico había baleado a una persona. Se desesperó. “Estaba como todos los días, tranquilo. Si hubiera planeado algo calculo que otra hubiera sido su conducta”, dice.
La mujer asegura que su hijo no tenía armas y que ella se encargaba de controlarlo desde que hirió a un chico de 12 con una estrella ninja.  “Nunca imaginé que pudiera salir con un arma a matar gente”, se sorprendió. Pero Federico lo hizo, lo confesó y por milagro sólo una de sus balas se disparó. La reacción del comisario evitó una masacre como la de Denver.

La obra cumbre del “Guasón”
El 20 de julio pasado James Holmes (24) ingresó a la sala de un cine de Denver y comenzó a disparar a mansalva con una escopeta Remington, un rifle semiautomático Smith & Wesson y una pistola Glock calibre .40. Mató a 12 personas e hirió a otras 58. El día no había sido escogido al azar. Se trataba del estreno de la película The Knight Man Rises y el autor de la masacre se identificaba con el Guasón, uno de los enemigos de Batman. Llevaba el pelo teñido de colorado, emulando al villano.
Holmes planeó los crímenes durante cuatro meses cuando compró por internet 3.000 balas para pistola, 3.000 cartuchos para el rifle semiautomático y 350 proyectiles para escopeta.

Sigue grave el policía
El policía héroe de toda esta historia de terror todavía está luchando por su vida. El comisario Luis Aberaztain fue trasladado del hospital San Vicente de Paul al sanatorio Del Carmen, en la capital salteña. Su estado es crítico. La bala que le ingresó por el costado izquierdo, por la zona lumbar, le atravesó el intestino, el colon y un riñón. Además tocó una arteria que le produjo una hemorragia interna.
Según sus allegados, su mujer María Rosa Bordón y sus hijos no se separan de su lado. En estos días deberán intervenirlo quirúrgicamente por una distensión abdominal. “Está en terapia intensiva, en estado crítico. Ayer –por el viernes– pudo hablar algo, pero está muy sedado”, explicó a PERFIL el jefe policial de Salta, Marcelo Lami. “Su accionar fue honrado y de esa manera evitó una masacre”, concluye. Aberaztain se quedó con el rifle en la mano, y automáticamente se desplomó.

Los antecedentes. Seis años después sigue el debate por el estado mental de Martín Ríos.
La historia criminal argentina tiene un breve capítulo dedicado a tiradores seriales, una conducta poco habitual si se compara con los antecedentes que existen en otros países.
El 6 de julio de 2006 Martín Ríos se convirtió en “el tirador de Belgrano” cuando se detuvo en avenida Cabildo a 1700 y comenzó a disparar. La ráfaga de tiros alcanzó a Alfredo Marcenac, un joven de 18 años, quien resultó la víctima fatal del tirador acusado de otros tres ataques en Belgrano: contra un colectivo de la línea 67 en el que hirió a dos personas, contra una confitería donde baleó a una chica de 17 años, y contra un tren en movimiento donde no hubo heridos.
Ríos fue declarado inimputable y recluido en el Borda. Adrián Marcenac, padre de Alfredo, cree que “la exaltación de los crímenes por parte de los medios de comunicación, los juegos violentos y el cine afectan las mentes desequilibradas”.
En octubre de 2011, Walter L., de 17 años, fue condenado por el homicidio de Francisco Ida. Pese a que el menor insiste con su inocencia, se ganó el apodo de “Tirador de Morón” luego de ser detenido. El hecho ocurrió el 31 de octubre de 2010, cuando una persona disparó desde un auto blanco. Los proyectiles impactaron en Ida e hirieron a Carlos Moyano.
Pero quizás los hermanos Bertuzzi sean los más recordados. En mayo de 2005, Alberto y Lino fueron detenidos después de que un colectivo fuera atacado a perdigonadas en Rosario. Los investigadores comenzaron a seguir la pista del “Loco de la Escopeta” en noviembre de 1992, cuando una maestra fue baleada. A los Bertuzzi se les atribuyeron más de cien hechos similares, entre ellos el homicidio de una nena de 12 años en abril de 2005. Ninguno de ellos pudo probarse. Lino fue condenado por el ataque al colectivo y obtuvo la libertad condicional en 2010. Alberto fue declarado inimputable e internado en un neuropsiquiátrico.
Publicado en diario Perfil.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Caminó más de 200 kilómetros con su secuestrador


Exhausta, deshidratada, sucia y caminando. Así encontraron a Gabriela Córdoba junto a su secuestrador después de haber caminado más de 200 kilómetros atravesando campos deshabitados y montañosos. “Tenés que seguirme porque sos mi salvación”, le aseguró su captor, Francisco Bayón; Gabriela no tuvo otra opción que seguirlo. En su travesía fue dejando señales pensando que así podría ser rescatada.Después de 19 días de incertidumbre, en los que fue violada reiteradas veces, su único deseo se convirtió en realidad: fue rescatada antes de que fuera tarde.
La joven, de 27 años, estaba entusiasmada con una entrevista de trabajo que le había conseguido Francisco, un ex compañero de la primaria con el que se había reencontrado un mes atrás después de más de diez años sin verse. “Se encontraron en un supermercado y se pasaron los teléfonos. Después él le ofreció un puesto de trabajo en una empresa petrolera del tío, en el barrio de Astra”, cuenta a PERFIL Zunilda, la hermana de la víctima. “Ella estaba muy contenta con esta posibilidad y decía que este infeliz era rebuena persona porque le había ofrecido laburo”, recuerda
Con una calza negra, borcegos, chaleco y una campera negra, Gabriela se encontró con su futuro captor en el barrio Mosconi. Juntos viajaron unos 18 kilómetros hasta Astra, un pueblo de 250 habitantes. “Cuando Gabriela se da cuenta de que ese trabajo no existía, le pregunta adónde la lleva. ‘Vos seguime porque vos sos mi salvación, si no te mato y mato a tu familia. Tengo problemas con la Justicia y no quiero caer preso’, le contesta. Ella era como su escudito, su protección”, afirma Zunilda sobre lo que vivió su hermana. “Todavía está muy shockeada, recibe a una psicóloga todos los días y entre llantos nos cuenta lo que vivió.”
El martes 7 de agosto a las 14.30 el teléfono celular de Gabriela dejó de funcionar. Francisco se lo rompió pero también destrozó el suyo. Enseguida la amenazó con un cuchillo y la obligó a caminar hacia el noreste, hasta la zona de pescadores de Rocas Coloradas. Alertados por la familia Córdoba, al día siguiente, la Brigada de Investigaciones de Comodoro Rivadavia inició un rastrillaje en Astra. “Gabriela intentó escapar. Les gritó a unos pescadores pero por el ruido del mar no la escucharon. El la agarró y la obligó a caminar, ahora, rumbo al noroeste”, detalla a PERFIL Leonardo Bustos, el jefe de Investigaciones.
“La obligaba a caminar y no la dejaba sentar ni un segundo. La tenía amenazada con matarla o hacernos algo a nosotros si ella se escapaba. El quería caminar y alejarse. Le decía que la iba a hacer feliz, que iban a formar una familia y tener hijos en un campo de Esquel. Pero después la violaba. Es un loco, un psicópata”, entiende Zunilda.
La desolación y una vegetación tan árida como monótona los acompañaron a lo largo de los más de 200 kilómetros que recorrieron hasta el domingo 26 de agosto, cuando una comitiva policial rescató a Gabriela y detuvo a su captor.
“El la obligaba a hacer fuego cuando paraban y comían ovejas y piches que cazaban. Una pareja les dio comida y les permitió ingresar al baño de su casa. Entonces, como agradecimiento, Gabriela le dejó a la señora su cadenita. Gracias a esta gente, nosotros hoy tenemos a mi hermana porque ellos fueron los que llamaron a la Policía”, destaca Zunilda.
Hasta el 20 de agosto, 250 efectivos, perros adiestrados, helicópteros y cuatriciclos que participaron del operativo se encargaron de rastrillar unos diez kilómetros de largo por siete de ancho en las inmediaciones de Astra, sin obtener novedades. “Comenzamos a hablar con pobladores y pudimos dar con algunas pistas. La cadenita que Gabriela le dejó a una señora y algunos otros comentarios nos empezaron a acercar a ellos”, destaca Bustos.
Un poco de azúcar, fuego y botellas plásticas debajo de una alcantarilla en la Ruta 25 les dieron la certeza a los efectivos de que estaban cerca. Caminando rumbo a Esquel, y a pocos metros de allí, los encontraron. “Gracias por salvarme la vida”, fue lo primero que dijo Gabriela. Enseguida lloró y abrazó a los efectivos que la encontraron a más de 300 kilómetros de su casa.

domingo, 15 de julio de 2012

La cara más dura de las mujeres quemadas en el país


Laura Sánchez, Romina Olivera y Carolina Morales fueron atacadas por sus parejas. Por primera vez, cuentan el calvario del día después.

Romina Olivera está recostada sobre la cama de la clínica del Buen Pastor. Ahora sonríe y hace zapping, pero después aprovechará para descansar un rato más. Ella es una de las treinta mujeres que este año fue prendida fuego por su pareja, una preocupante modalidad que se inició con el caso Wanda Taddei pero que parece no tener freno.
Romina está envuelta en vendas que la cubren del cuello a la cintura. Tiene el 50 por ciento de su cuerpo quemado. Es frágil. Bajó unos 23 kilos en tres meses y por la pérdida de peso y de masa muscular no le prenden los injertos y su alta se retrasa.
“Mis manos ya recuperaron su color”, se ilusiona. Un marrón claro cubre sus dedos y un poco más oscuro es el antebrazo. El resto es un rojo intenso, fuego. “Vamos despacio porque soy miedosa pero me veo distinta a cuando ingresé. Estoy mejor”, le cuenta a PERFIL.
El 24 de marzo pasado Romina se acostó con sus dos hijas. Ya era tarde. “A la madrugada viene borracho Marcos (Cortéz), del que estaba separada hace un mes, y golpea fuerte la puerta. Yo lo escuchaba, le pedía que se vaya, pero insistía”, recuerda. Le abrió y comenzaron a pelear. Marcos la agarró de su largo pelo y la arrastró a la cocina para rociarla con alcohol. “Las nenas se acercaron a la puerta y miraban. El amenazó con quemarnos a las tres. Maia, de 6 años, alzó a la beba y fue a pedir ayuda. En un segundo estaba ardiendo toda, era una bola de fuego. Tenía el pelo largo y se me pegó en la espalda. Empecé a gritar, él atinó a ayudarme, pero se asustó y salió corriendo”, recuerda sin dejar de llorar. Romina se apagó con una sábana. Su hija Maia acompañaba el movimiento con una toalla húmeda. Desde hace tres meses está internada, y con vaivenes anímicos lucha por salir.
Según datos de la ONG Casa del Encuentro, 30 mujeres fueron prendidas fuego en lo que va del 2012, de las cuales 12 perdieron la vida.
Alcohol y fuego. Laura Sanchez, de 30 años, conforma la lista de las 18 que “pueden contarla”, como ella lo define. “Mi pareja, Cristian Mars, me dijo que me iba a prender fuego porque estaba de moda”, destaca. Y así lo hizo. El 12 de junio, Mars se enojó porque Laura se negó a acompañarlo a un almuerzo: “Agarró el alcohol y mojó mi ropa que amenazaba con incendiar. Pero después me dijo que me iba a matar y me tiró a mí”, relata. Terminó con el 20 por ciento del cuerpo quemado: la cara, el cuello y el pecho. “Corrí hasta la canilla de adelante de mi casa y no había agua. Fui a la del fondo, y tampoco. Al final me tiré un balde que había ahí. Esa desesperación de correr para intentar apagarte es inolvidable como la primera vez que me miré al espejo, que no podía dejar de llorar”, cuenta. “Los médicos dicen que me puede quedar una marca en la cara, pero hoy me importa estar viva y poder contarla”, agradece.
Carolina Morales estaba embarazada de casi seis meses cuando su pareja, Marcelo Lucero la prendió fuego. El hijo de ambos, Martiniano de un año y medio, fue el único testigo.
Todo comenzó el 17 de octubre pasado en La Rioja cuando Carolina y Lucero discutían. “Me prendió fuego con alcohol. Yo corría y le pedía ayuda, pero no hacía nada. Me apagué con agua del baño”, recuerda. Una ambulancia la llevó al hospital Vera Barros donde Carolina habló de un accidente. “El venía con nuestro hijo a verme y me amenazaba. Tenía mucho miedo”, cuenta. Unos días después se quebró y le contó la verdad a una enfermera. Lucero quedó detenido.
“Como la vida del bebé que llevaba en la panza no corría peligro decidieron hacer cumplir el período de gestación”, cuenta Carolina a PERFIL. Durante cuatro meses soportó el crecimiento de su vientre, donde se concentraban las quemaduras, y el doloroso estiramiento de la piel. “Fue terrible, un dolor insoportable”, prefiere olvidar. El 2 de febrero pasado nació por cesárea Casiano.
Por falta de recursos económicos, Carolina hace el tratamiento de rehabilitación en su propio baño. “Dejo correr del agua de la ducha y me hago una especie de baño con el vapor. Hago ejercicios para que la piel gane elasticidad”, detalla. El ejercicio, que repite todos las semanas, le trae a la memoria el recuerdo de su peor día: “La imagen del fuego envolviéndome no me lo voy a olvidar más”.

lunes, 17 de octubre de 2011

Sin Sol

Seriedad. Agasajo. Ahogo. Llantos. Recuerdos. Protocolo de emergencia. Los restos de los 22 pasajeros que murieron en la tragedia de Sol, empezaban a ser entregados. Pero había mucho hermetismo. “Los medios no se pueden enterar”, se planteó. Silencio. Las familias no se pueden cruzar.

Café, masitas, jugo, té, facturas, pasta frola. Una mesa larga, prolija, y un hotel porteño imponente. Solo una familia de las víctimas fatales por vez. En horarios escalonados. Cuando una se va, la otra ingresa. Un grupo de profesionales los contiene, los escucha, les dan abrazos y les informan el paso a paso para enterrar a ese ser querido que perdieron hace 76 días. Los trabajos para identificar las partes de cuerpos fueron “minuciosos” y requirió de tiempo para catalogarlos.
“Nosotros lo esperábamos. Justo él, minutos antes del accidente, hizo un puntito en Comodoro y un avión sin alas”, recuerda ella. Más tarde la televisión le daba la triste noticia. Su hijo, el ejemplar, el que logró “ser” alguien en la vida ya no iba a estar más. Las psicólogas, arregladas, pintadas y muy atentas (hasta asfixiarte) la animaban.

“Mirá como a pesar del dolor, comen y ‘disfrutan’ de tomar en esas tazas. Jamás estuvieron en un lugar así”, analizaba el defensor. La familia de clase media terminaba el primer punto del camino diseñado hasta el cementerio para que le lleven una flor y le den “cristiana sepultura”.
“Ahora van a ir hasta la morgue judicial, se van a reunir con el director y podrán sepultarlo”, explica amablemente a la familia. Al que toma la decisión, lo llaman aparte: “es una bolsa cerrada, que si lo desea puede ver su contenido, sino, y confía que lo que hay allí se trata de la víctima se pone en el cobre y se lo entrega”. Uno puede entrar a ver el polvo, ese pedacito de algo que haya quedado. El hombre mayor quiere, pero no lo dejan. Resignación. Se sienta, agarra el celular y le muestra uno a uno la última foto que se sacó con él.

Tercera parada: el cementario para firmar papeles. Todavía falta para el final. Más recuerdos, más historias repetidas para quien quiera escucharla. Sol, viento, cigarrillos. Ansiedad.
Después de las 13, se suben al auto rumbo al cementerio municipal de su localidad. Flores, pañuelos, llantos. Sepultura de un cuerpo, y de un caso.

martes, 11 de enero de 2011

La masacre silenciada


Integrantes de Gendarmería Nacional persiguieron, acribillaron e incineraron a los pilagá. Para que el silencio deje de ser eterno, se realizó un documental sobre este genocidio estrenado en el festival de cine independiente.


En octubre de 1947, los pilagás fueron rodeados por persoal de Gendarmería Nacional con la excusa de que se estaba por “levantar una indiada” y debían protegerlos. La etnia pilagá los recibió con un unánime reclamo: atención médica y comida, porque la hambruna los estaba llevando a la muerte. La respuesta fueron balas y la sepultura del genocidio durante 58 años, donde se estima que murieron más de 700 integrantes de la tribu.

El hambre obligaba a los pilagás a caminar kilómetros de Formosa a Salta para trabajar en ingenios azucareros como mano de obra barata, y los grandes productores se aprovechaban de esa situación. Pero sus rituales musicales nocturnos en homenaje a los integrantes de su comunidad que iban muriendo por las malas condiciones de alimentación y sanitarias comenzaron a molestar a los vecinos, tanto del pueblo como a la Gendarmería.



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miércoles, 9 de junio de 2010

CUANDO LA TIERRA ENTRA EN ERUPCIÓN


Por Nadia Galán

La naturaleza está respondiendo al mal uso de sus recursos en manos de la humanidad, como corresponde: con furia. Terremotos, tsunamis, tornados y aludes son su forma de protesta. Norma vivió de cerca, hace años atrás, una de estas circunstancias cuando conoció la furia del volcán Villarrica en Chile.


Contemporáneo y oportuno es el relato de Norma, debido a las catástrofes naturales que han sacudido la tierra de nuestro país vecino y también la nuestra, pero en réplicas más leves. La historia comienza cuando viajó a Chile en 1948 para realizar una excursión de placer junto a su hermana y su prima, para conocer el sur de América de ambos lados de la cordillera de los Andes. Pero volvieron con algo más que buenos recuerdos e imágenes de lugares majestuosos. Debieron escapar del lujoso hotel en el que se hospedaban, para no ser víctimas de la erupción del volcán más activo del país. “Veíamos bajar la lava por la ladera y a mucha gente corriendo. Le dijimos al chofer del micro que parara para que pudieran subir al vehículo, pero se negó”. Las crónicas del momento revelaron que hubo más de 50 muertos.

La Cordillera de los Andes, con sus 7.500 kilómetros, constituye una de las cadena montañosas más extensas del planeta. Tanto del lado argentino como el chileno, el sur de esta cadena se caracteriza por ser delgada y cuenta con una importante actividad volcánica que se inició en el período cuaternario (el último de los grandes períodos geológicos) y continúa hasta la actualidad. El tramo central de la cordillera se caracteriza por tener una actividad sísmica recurrente, mientras que la zona norte es una conjunción de estos dos fenómenos naturales.


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(revista Contá y Ganá Nº 11)

viernes, 4 de junio de 2010

Ser mujer en Siria

Por Nadia Galán

Nourah nació en Siria, un país con costumbres distantes a la liberación femenina de occidente, tanto en la vida pública como en la íntima. Su padre la vendió a un árabe que la trajo a la Argentina. Después de ser golpeada durante años, abandonó su hogar con sus hijas y reconstruyó su vida. Creyó que aquí las leyes y derechos la ampararían, sin embargo le sacaron sus hijas y aun lucha por recuperarlas.


Siria es un país árabe de Medio Oriente, ubicado a orillas del mar Mediterráneo. Limita con Israel, Líbano, Jordania, Irak y Turquía. Para realizar un paralelismo con Argentina, cuenta con una superficie algo inferior a la provincia de Río Negro, pero con una población similar a la de Buenos Aires.

Nourah nació en un pequeño pueblo agricultor del oeste de Siria. Fue la antepenúltima hija de siete hermanos, de los cuales únicamente dos fueron mujeres. Tarea algo difícil en esas tierras, ya que son tratadas como objetos de la posesión de los hombres de la familia. Su padre fue muy severo con ella y con su madre. Agachar la cabeza y obedecer eran las únicas leyes que regían bajo ese techo.

(Revista Contá y Ganá Nº 10)

martes, 27 de abril de 2010

Amor en tiempos de guerra

Por Nadia Galán

Guerra, ideología, oficios muy específicos, carnet de baile, amor a primera vista y mucha historia de principio del siglo XX. Norma Drobner nos regala la fantástica historia de amor de sus padres, allá por la década del '20. Ella almacenó en su memoria cada uno de los detalles de este amor que estuvo vinculado con trabajos impensables como el tallado de diamantes, armado del Teatro Colón y las vías de comunicación tanto férreas como informativas en la Argentina.



Enrique nació en Alemania en 1895 y era el menor de tres hermanos. Su alma de viajero y sus ideales socialistas lo fueron alejando de su familia. Recorrió el mundo, desarrolló trabajos exóticos y encontró el amor de casualidad en la Argentina. A poco de finalizar la Gran Guerra, dos países que se habían enfrentado en el campo de batalla, pero ahora se “reconciliaban” con la unión de dos corazones: uno italiano y el otro alemán.

“Mi papá se fue de su casa a los 14 años solo a Bélgica porque era socialista y su papá, que tenía ideales conservadores, no lo quería bajo el mismo techo. Por lo que tengo entendido, mi abuelo tenía una personalidad muy severa y era dueño de una fábrica de cigarrillos que estaba ubicada en una esquina y que después de la guerra quedó destruida. Tenían tres hijos: Uno murió de joven, el segundo era militar y se fue a Estados Unidos y no regresó más porque se enamoró de una enfermera y el tercero era mi papá, a quien mi abuelo echó de la casa por su ideología. Así que perdió a los tres hijos”, cuenta Norma, reconstruyendo su árbol genealógico.



Publicado en Revista CONTÁ Y GANÁ Nº9

lunes, 29 de marzo de 2010

Los niños piel de cristal

La Epidermólisis Bulosa es enfermedad considerada rara y sumamente cruel. Produce ampollas y pérdida de la piel al mínimo roce. A quienes la padecen se los conoce como “los chicos con piel de cristal o de mariposa”. A pesar de lo doloroso que puede resultarles los cuidados, tratamientos y curaciones, sus familiares y ellos mismos luchan por vivir lo mejor posible rodeados de amor a pesar de la escasez de información y recursos. “Queremos que tengan una vida normal”.


La Epidermólisis Bulosa (EB) es una enfermedad crónica, hereditaria y no contagiosa que aparece en los chicos desde el mismo momento del nacimiento o a los pocos meses de vida, que se caracterizan por tener una piel muy sensible en la que se les generan ampollas al mínimo roce o fricción. Por esta razón, los cuidados y curaciones son constantes y, al mismo tiempo, muy dolorosos. Los chicos con piel de cristal o de mariposa, deben estar resguardados tanto del frío, porque les hace doler la piel, como del calor, por que les da picazón. Aunque sin alejarlos de la posibilidad de sociabilizarse y compartir la vida.

La Fundación Debra (Distrophic Epidermolysis Bullosa Research Association, Asociación de Investigación de Epidermolisis Bullosa Distrófica), es primera y única organización en Argentina en especializarse en el tema. Ellos aseguran que existen en el país casi 400 chicos con esta enfermedad, aunque solamente las familias de 170 se contactaron con ellos para informarse. Debra nació por iniciativa de padres dispuestos a ayudar a otros, luego de perder a su hijo producto de esta enfermedad.

La historia de la familia Troncoso es sólo uno de los casos. Silvia y Sebastián esperaron la llegada de su primer hijo, Matías, quién traería consigo pruebas, reproches, amor, cuidados y un nuevo comienzo.

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(Publicado en la revista Contá y Ganá, Nº 8)